IN SE, RECONCILIANS IMA SUMISS

VIRGA JESSE – LA CASA DE DAVID

Virga Jesse floruit:
Virgo Deum et hominem genuit:
pacem Deus redidit,
in se reconcilians ima summis.
Alleluja.

No recordaba el nombre del motete, ni la mayor parte de su texto, ni el complejo arreglo coral que alguna vez el coro de la Iglesia había intentado sin éxito interpretar. Pero sí recordaba con una intensidad sorprendente ese fragmanento tan bello:

Soprano: In se
Coro: In se
Soprano: In se
Coro: In se
Todos: In se reconcilians ima sumis

En sí reconcilió lo más alto (ima) con los más bajo (sumis).

Con esta memoria, busqué por la maravillosa Internet y encontré la obra, uno de los complejos motetes de Anton Bruckner, sobre el texto medieval Virga Jesse, donde Jesse es el padre del rey David.

La rama de Jesse (la casa de David) floreció
La rama de Dios y del hombre nació
La paz de Dios nos devolvió
En sí, reconcilió lo más alto con lo más bajo
Aleluya

Para aquellos familiarizados con la lectura coral, preparé este video subtitulado, donde podrán apreciar el grado de dificultad del motete, que lleva a las voces a tesituras fronterizas.

LOS MÁS ALTO CON LO MÁS BAJO – UN OXÍMORON VIVIENTE

(Oxímoron: Figura retórica de pensamiento que consiste en complementar una palabra con otra que tiene un significado contradictorio u opuesto.)

Poéticamente la frase “reconcilió lo más alto con lo más bajo” es maravillosa. Nuestra mente “ama” los contrastes: Lo alto y lo bajo, “el Cielo y la tierra”, “lo espiritual con lo material”, “la eterno con lo mortal”, “Dios con su creación”.

Pero si hubo conciliación es porque antes no estaban conciliados, y ¿por qué es éso?.

Esta disconciliación es un producto de la teología que sostiene que Dios es amoroso, paternal y protector. El Dios que hizo promesas a su pueblo, a sus fieles, y las cumple. Tanto a Israel como a los cristianos se le han dicho con diferentes matices que así es Dios. Pero la pregunta insidiosa no tarda en aparecer. Si Dios es Amor, si somos “su” pueblo,  ¿por qué  hay tanto dolor en el mundo, tanta muerte, tortura, deconsuelo, enfermedad (y pensemos que estas cuestiones se producen en la temprana historia del hombre cuando la expectativa de vida era la mitad que la actual). ¿Dónde está ese Dios amoroso en el cual debemos confiar?. La respuesta es la “teología de la culpa”. Sufrimos porque hemos pecado contra Dios, no es él sino nosotros. Yo creo que el libro del Génesis donde se basa esta teología de la culpa, es un libro bastante desgraciado, negativo y aun me animaría a calificarlo de ridículo, por más que algunos tratan de diluir sus contradicciones argumentando su simbolismo. La culpa es esencial para entender a Dios según esta teología que emana de la Biblia misma. (Aunque probablemente en el principio era la teología y después fue libro).

Pero no sólo de los libros “sagrados” se deriva una concepción separada o dividida entre nosotros, la humanidad, y el plano espiritual y divino. También la filosofía hace lo suyo, principalmente desde aquel que tuvo una influencia poderosa sobre el cristianismo, Platón.

Su frase “el cuerpo es la tumba del alma”, me quedó grabada como el fragmento del motete de Bruckner. Para el platonismo y el cristianismo platónico, el cuerpo es una prisión para el alma,  una dicotomía existencial entre lo que somos realmente, espíritu, y esta mortaja de carne, huesos y sangre que nos envuelve y condiciona.

La reconciliación entre ambos planos, la superación de la culpa primigenia que nos ha condenado a este mundo y a la muerte, es poética pero también es sanadora y sicológicamente poderosa. Para esta teología y para el platonismo, Jesús es un oxímoron viviente. Quizás esa sea la razón que haya permanecido en mi memoria con fidelidad. Bruckner los expresó maravillosamente, pues los “in se”, se montan sobre acordes tensos, creando una atmósfera y una armonía que recién descansan, sobre la palabra “reconcilians”.

LA NAVIDAD, UNA FIESTA TARDÍA

En artículos anteriores he comunicado que la Navidad fue una fiesta tardía de la cristiandad.Los primeros cristianos no la celebraban y según los textos de historia fue el papa Julio I quien pidió en el año 350 DC que el nacimiento de Cristo fuera celebrado el 25 de diciembre, lo cual fue decretado por el papa Liberio en 354. Esta fecha fue elegida para absorber una celebración pagana, las celebraciones de Saturno que se realizaban durante la semana del solsticio,  y eran el acontecimiento social principal del año, regalitos incluidos. Estas celebraciones llegaban a su apogeo el 25 de diciembre. Para hacer más fácil que los romanos pudiesen convertirse al cristianismo sin abandonar sus festividades, el papa Julio I pidió en 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado en esa misma fecha. Las reformas protestantes tuvieron reacciones diversas, algunas consideraban la Navidad como un enfermedad del papado, aunque las principales ramas de la reforma, empezando por el luteranismo siguió celebrando la Navidad el 25 de diciembre.  Así todo, aun hoy grupos como los Testigos de Jehová no celebran la Navidad.

La relevancia que tiene ahora la festividad está contaminada por la celebración de la otra Navidad, que frecuentemente prevalece pues no depende de la fe, sino de aspectos sociales y sobre todo comerciales. Es la Navidad de Papá Noel y del consumo.

Me animo a conjeturar que en los primeros siglos, el nacimiento de Cristo no fue importante debido a que el mensaje del cristianismo era apocalíptico. Se basaba en la convicción de que la venida del Hijo del Hombre era inminente y no pasaría una generación. La urgencia era salvar almas. La esperanza era apocalítica, pero también dulce pues derrotaría la maldad y el sufrimiento y se enjugaría toda lágrima de los ojos” (Apo 21-4) . La respuesta al interrogante del hombre tenía una respuesta inmediata: Apocalipsis now.

Pero … NO SUCEDIÓ.

NUEVAS Y VIEJAS RESPUESTAS

La futilidad de la vida, y del esfuerzo humano, las injusticias y los vejámenes fueron denunciados desde lo antiguo. Uno de los escritos más significativos lo encontramos en el Eclesiastés, una obra maestra de la literatura, una pintura trágica del alma (VANIDAD, TODO ES VANIDAD).

Y más acá el célebre y escalofriante monólogo del príncipe Hamlet surgido de la genial pluma de William Shakespeare:

Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma, sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin? Morir, dormir… nada más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques, que por naturaleza, son herencia de la carne… Es un final piadosamente deseable. Morir, dormir, dormir… quizá soñar. Ahí está la dificultad. Ya que en ese sueño de muerte, los sueños que pueden venir cuando nos hayamos despojado de la confusión de esta vida mortal, nos hace frenar el impulso. Ahí está el respeto que hace de tan larga vida una calamidad. Pues, quién soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza de la ley, la insolencia del poder, y los insultos que el paciente mérito recibe del indigno, cuando él mismo podría librarse de ellos con un puñal. Quejarse y sudar bajo una vida cansada, por el temor a algo después de la muerte – El país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve- aturde la voluntad y nos hace soportar los males que sentimos en vez de volar a otros que desconocemos. Así esa conciencia nos hace cobardes a todos.

Si el Apocalipsis, la Venida del Hijo del Hombre, la Restauración del Reino de los Cielos, no se habían producido, qué respuesta habría para los que preguntaban (y preguntan) ¿dónde está Dios?. En ese momento de crisis, como suele suceder en todo grupo, se empieza a mirar hacia atrás, hacia el génesis, el nacimiento. Los pintorescos relatos que antes habían sido ignorados o relativizados, empiezan a tomar un nuevo rol. Y la respuesta fluye y se expresa en mil maneras, maravillosa, convincente, simple: Dios está allí, en el niño de Belén, compartiendo las penas, las alegrías, las necesidades y la debilidad. Está allí con los humildes, los sufrientes, él es uno de nosotros y nosotros somos uno con él. Esa identificación fue, es, emocionalmente o sicológicamente poderosa. Dios descendió y comparte y sufre ese mundo hamletiano, como nosotros.

DIOS DESCENDIÓ

Quizás así pensaron los líderes cristianos en ese siglo: El fin de los tiempos puede demorarse más de lo pensado. Tenemos que prepararnos para resistir, el viaje puede ser largo y necesitamos provisiones y un nuevo plan de navegación. Los creyentes necesitan aliento para no desmayar. Otras creencias paganas nos rodean, están llenas de defectos y mentiras, pero tienen sus ritos, sus mitos, su magia.  Necesitamos un relato conveniente para combatirlas. Acá en el nacimiento tenemos el niño y su madre, los humildes pastores pero también los ángeles del cielo cantando. ¿Qué otro vínculo puede conmover más?.

La Iglesia reforzó esos significados a través del Arte. Uno de los más bellos piezas de  Navidad que he cantado, es del compositor Francisco Guerrero (S XVI):  Niño Dios de amor herido, tan presto os enamoráis, que apenas habéis nacido, cuando de amores lloráis. La expresión  poéticamente identifica el amor de Dios con el sentimiento más humano y carnal, y viceversa. La rica y compleja copla nos dice: En esa mortal divisa, nos mostráis bien el amar, pues siendo hijo de risa, lo trocáis por el llorar.

La “mortal divisa” es el cuepo, la carne. El platonismo se expresa poéticamente: no como cuerpo y alma, materia y espíritu, sino como llanto y risa. El niño es llanto y risa, otra vez el oxímoron, las contradiciones resumidas y contenidas en uno.

CRISTO ASCENDIÓ

Pero un momento. Debemos tener cuidado con esta humanización de Dios. Debemos preservarlo de los dictámenes de la carne, de las debilidades de la mente y de la voluntad. No podemos jugar con fuego y admitir que tuvo necesidades fisiológicas, peor aun sexuales. Sería riesgoso asumir que no conocía su destino, y que tuvo que construir su identidad en interacción con los demás. Sobre todo es necesario que no sufra el desgaste de la carne y de la mente. Murió, pero resucitó y además ascendió a los cielos, glorioso, incorruptible. Y desde su gloria nos espera, nos tiende su mano, prepara morada para nosotros.

Esta convicción también es poderosa como reguladora de la conducta y fuente de esperanza. Con ella podemos liberarnos del determinismo físico y “soportar los latigazos y los insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza de la ley, la insolencia del poder, y los insultos que el mérito paciente recibe del indigno”, sin necesidad de  un puñal, armados con la fe, la esperanza y el amor. Pero claro, hay que creerla.

CREER O NO CREER, ESE ES EL DILEMA

He intentado describir como el “descenso” y el “ascenso” de Dios tienen base en los Evangelios, pero también en la necesidad del hombre de encontrar respuestas. La Iglesia en su historia ha manipulado estos movimientos para controlar o contener sicológicamente a los fieles. En su obrar ha tenido éxitos y fracasos. La Iglesia está formada por hombres sujetos a las mismas pasiones y condiciones emocionales y cognitivas. Cada manifestación de la iglesia debe ser escudriñada para entender lo que desciende y asciende. El Cristo que desciende es movilizador pero también desorganizador, rompe el molde. El que asciende es rector, organizador. Un nuevo oxímoron: Caos y Cosmos.

He escuchado y subtitulado este hermoso himno de Navidad: Una vez, en la ciudad real de David (y vuelvo a la rama de Jesse). En él encontramos explícitamente “el descenso y el ascenso” del niño de Belén. He intentado seguir el consejo apostólico “escudriñadlo todo y  retened lo bueno”.  Lo bueno es que en este tiempo de Navidad sólo me gustaría estar allí, con los coros y la comunidad, cantando los viejos himnos que inspiran y emocionan y nos hacen sentir que estamos más acá y más allá del mundo y tan cerca y tan lejos del Reino de los Cielos.  Por ese camino nos convertimos en “oxímoron vivientes”.

Que mis reflexiones les sirvan para reflexionar, no pretendo dar una respuesta, cada uno construirá la suya, pero sí espero que la música los transporte a la ciudad de David, lejos del mundanal ruido.

UNA VEZ, EN LA CIUDAD REAL DE DAVID

Partitura de 4 voces de Once in royal David city

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Acerca de educavallo

Nací en la ciudad de Buenos Aires el 5 de mayo de 1952. Actualmente me desempeño como coordinador del area de computación del Colegio Bayard. También soy organista de la Iglesia Metodista.
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2 respuestas a IN SE, RECONCILIANS IMA SUMISS

  1. Augusto César Carracedo dijo:

    Profundas e inquietantes reflexiones, Eduardo. Yo, como usted, encuentro la conciliación de las contradicciones de nuestra fe cristiana en el relato navideño, en el tiempo de adviento y en las bellezas musicales que inspiraron ese relato imprescindible.
    No concuerdo con usted es su concepto de que el Génesis, o mejor dicho, el relato de la caída del Paraíso, sea sólo “teología de la culpa”. Entiendo que el mensaje profundo de “la caída” es una forma simbólica de expresar la más profunda contradicción humana : Es semejante a Dios porque conoce el Bien y el Mal, pero existe en una dualidad extrema que está imposibilitado de resolver : conoce el mal, que es lo que Dios no quiere, pero no lo puede evitar y es atraído hacia él como en un agujero negro. Pero en el relato bíblico también encontramos la solución que el Creador ha provisto al oxímoron humano : La redención, que los cristianos hallamos en Cristo y que expresa el mensaje de adviento.

  2. educavallo dijo:

    Gracias Augusto por tu profunda reflexión. La mayor parte de este artículo está basado en una visión personal, no pretendo absolutizarla. En este caso además fue disparada por el curioso texto del himno “Una vez, en la casa de David”, que para mi gusto musical, es adorable. Feliz Navidad para los hombres de buena voluntad.

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